UN PUENTE A NINGUNA PARTE, DESDE Y HACIA LA NADA

En el kilómetro 192 de la ruta 9 -la principal ruta hacia al norte-, entre San Pedro y Ramallo, hay un puente a medio terminar. Un puente desde y hacia la nada, que no lleva a ninguna parte.

No sé cuándo fue la primera vez que noté que el puente no estaba terminado. Pero sí recuerdo que, cuando lo noté, inmediatamente me pregunté cuántas veces lo había atravesado sin siquiera haberlo notado, y conté al menos tres oportunidades.

En algún momento del verano de 2021, el puente se coló en una conversación, casi en broma, que mantuve con un muy lúcido concejal sampedrino. Nos cruzamos en la casa de un amigo común, y hablábamos de posibles ideas disruptivas para la campaña que venía, cuando medio en broma propuso construir un puente que cruzara el Paraná a la altura de San Pedro, donde vivo desde hace un par de años.

Cualquiera que conozca la zona percibirá el chiste: al otro lado del Paraná, a la altura de San Pedro, no hay nada. Mejor dicho: lo que hay -un pequeño pueblo entrerriano, Gualeguay- está muy lejos. Nos reímos, y por supuesto recordamos el vecino puente a ninguna parte que está sobre la ruta 9, entre Ramallo y San Pedro.

Con los primeros calores de agosto del 2021, en una escapada a Ramallo, saqué una foto que publiqué en mis redes sociales con la leyenda “puente a ninguna parte”: inmediatamente comencé a recibir decenas de mensajes, que a poco fueron cientos. Para muchos, ese puente formaba parte de su vida diaria, evocaba recuerdos familiares o los invitaba a ponerse filosóficos.

Mi primer reflejo fue volver al lugar de los hechos. Una tarde de septiembre, Daniel Biscia, primo de mi marido Rodolfo, y su esposa Graciela Carro ofrecieron llevarme hasta el puente y tomar uno de los caminos de tierra que desde ahí salen: el de la mano al norte, yendo a Rosario. Un paisaje típico de la pampa húmeda, rural, que termina en la exuberancia del Paraná.

Daniel y Graciela son dos sampedrinos con más de seis décadas recorriendo estos caminos, por lo que resultaron guías ideales para el tour: al recorrido por los caminos de tierra le fueron sumando historias y anécdotas de toda una vida.

Desde la ruta 9, el camino de tierra llega hasta la Vuelta de Obligado, pasando por campos cuyos dueños ostentan algunos apellidos ilustres: Obligado, Lacroze, etc… Sobre ese camino está el castillo de los Obligado, todavía en poder de los descendientes del poeta Rafael Obligado (1851-1920): es una construcción que no es accesible al público, pero que con la guía de Daniel pude, a lo lejos, adivinarlo imponente frente a los humedales del Paraná.

En ese mismo camino se sitúa además una anécdota que le escuché varias veces a mi suegra Rosita antes de morir, y que estaba protagonizada por mi suegro. Atilio Biscia era un hombre de poca educación formal -creo que sólo cursó la primaria- y que se dedicaba a un trabajo duro -el movimiento de tierras con maquinaria pesada-, pero a la vez era elegante, correcto y de maneras muy cuidadas, lejos de toda rusticidad. Un caballero. Cuando murió, en 2016, tenía 94 años. Un joven Atilio estaba trabajando en esa zona, acondicionando el camino, cuando un Lacroze se acercó, intercambiaron algunas palabras secas, y el hombre lo interpeló: “¿Usted sabe quién soy yo?”. Con la firmeza que lo caracterizaba, Atilio respondió: “Y usted, ¿sabe quién soy yo?” Recuerdo a Rosita poniéndole entonación a la anécdota, que en el final se diluía sin moralejas.

Tiempo después me propuse recorrer ese camino en la dirección opuesta, desde Vuelta de Obligado, intentando encontrar el castillo, para sacarle una foto para una nota que quería escribir, pero que no terminaba de encontrarle la vuelta: la primera vez que fui, en los primeros días de marzo o los últimos de febrero del 2022, terminé empantanado en el barro; la segunda vez, ya hacia fines de marzo, llegué hasta donde recordaba haberlo visto pero nunca pude identificarlo entre la espesa vegetación del fin del verano.

Pero volvamos a la ruta 9. Del otro lado del puente, el camino de tierra lleva hasta Pérez Millán, un pueblo de unos 5000 habitantes en la línea del Ferrocarril Belgrano Norte. Hice esa ruta una aburrida tarde de sábado de octubre.
En la mano hacia Buenos Aires sale un camino de tierra que, conectando con otros, permite acceder a la localidad de Pérez Millán.
Cuando tomé el camino de tierra todavía quedaban algunas horas de sol, aunque si no me apuraba corría riesgo de ser sorprendido por la noche. Paré en algún momento a sacar una foto, y me vi rodeado por mosquitos y bichos hasta un punto insoportable. Cuando llegué al pueblo me di cuenta de que no tenía ganas de hablar con nadie, por lo que celebré que los bares estuvieran vacíos. Pasé frente a un frigorífico que había sido noticia por un bloqueo sindical, seguí hasta Las Flores, y encaré la vuelta por la ruta 51, la que une Arrecifes con Ramallo. En ese momento me encontré con algo que nunca había visto hasta ahora: un campo de lavanda. Me sentí en la Provenza.

Volví a casa. Había recorrido ya los caminos de ambos lados del puente y sin embargo no tenía nada nuevo para decir. Decidí entonces desempolvar mis artes de periodista e intentar algunas averiguaciones más formales.

Lo primero que hice fue intentar conseguir información de Vialidad: cuándo fue construido, bajo qué premisas, con qué objetivos… Rápidamente me di cuenta de que nada obtendría. Una semana después de mis primeras indagaciones, ante mi insistencia, un vocero algo desganado me respondió -con evidente liviandad- que la única información que había conseguido era que el puente había sido construido “en los 90″, lo que sumó algo de confusión: varios vecinos de la zona me habían dicho que el puente había sido construido en los 70, durante la dictadura; otros dijeron que fue en los 80, bajo la presidencia de Alfonsín, y ahora me decían que había sido construido de los 90, bajo la presidencia de Menem.

Justo cuando pensé que ese puente inconcluso parecía no importarle a nadie, supe por amigos que dos artistas se habían fijado en él.

El fotógrafo Nacho Coló me habló de una fotografía de Santiago Porter incluida en una muestra de 2018. La foto del puente formaba parte de una serie sobre monumentos, de la que Porter decía que retrataba “objetos que sufrieron en carne propia los avatares de la historia” -el paredón de fusilamiento en el Pozo de Arana; la Catedral de Buenos Aires manchada de pintura roja tras una manifestación; una torre de vigilancia erigida en Ezeiza para una cárcel que nunca se terminó de construir y nuestro puente-. En una nota contemporánea a la muestra, Porter hablaba de “un país que construye sus propias ruinas”. Me arrancó una sonrisa de resignación.

Desde España, el investigador Renato Fumero me habló del trabajo de Francisco Vázquez Murillo con el puente (https://fvazquezmurillo.com.ar/) que era algo diferente a lo de Porter: incluía una intervención con plantas sobre la superficie, y la invitación a porteños y rosarinos -Vázquez Murillo es de Rosario- a una “activación afectiva” que registró en fotos y videos.

Las obras de Porter y Vázquez Murillo eran bellas, por cierto, y planteaban preguntas legítimas y para nada frívolas, pero yo seguía sin saber qué respuesta buscaba, y por supuesto no encontraba ninguna.

Fue entonces cuando llegué a una conferencia que Heiddeger dio ante arquitectos, y que Rodolfo me había recomendado porque “habla sobre los puentes”. Me causó un poco de gracia que Heiddeger pensara que en las autopistas los puentes conectan rutas de larga distancia en “una red establecida según cálculos”, cuando en estas latitudes construíamos puentes sin ninguna planificación.

Pero más inquietante era otro fragmento: Heiddeger dice que “siempre, y cada vez de un modo distinto, el puente acompaña de un lado a otro los caminos vacilantes y apresurados de los hombres, para que lleguen a las otras orillas, y finalmente, como mortales, lleguen al otro lado”.
Había empezado a escribir esta nota cuando murió mi padre. Fue a finales de 2021.

Armando Felipe Ramón Robledo se llamaba. Fue un médico de barrio, que tuvo su consultorio en su casa de Munro durante toda su vida hasta que una enfermedad lo invalidó. Cuando murió tenía 76 años y hacía ya más de un lustro que la razón lo asistía de manera intermitente.

Algunos -varios- desencuentros y el deterioro del final hicieron que en ese momento me costara un poco encontrar recuerdos felices. Atravesé incómodo las muestras de afecto durante su velorio, en los días sucesivos y en la misa que, una semana más tarde, organizó mi madre.

Fue por esos días que prendí la compu y encontré el documento “Un puente a ninguna parte” abierto, con una nota que no encontraba ningún dato certero, en gran parte porque no tenía ningún foco.

En ese momento lo recordé manejando una vieja combi Volkswagen, yéndonos de vacaciones a Entre Ríos, en los 80, con mis hermanos -entonces éramos ocho, todavía no se había sumado Belén a la familia-, sentados atrás, compitiendo por ser el primero en avistar los puentes de Zárate-Brazo Largo. Recordé un viaje eterno, en épocas anteriores a los celulares, en el que la combi se rompió a poco de cruzar el puente y tardamos unas 12 horas en llegar a Colón.

Pero además, me vi a mí mismo recorriendo caminos inhóspitos, yendo a ninguna parte, y puesto ante un puente que conectaba nada con nada, según ninguna planificación, con la excusa de una nota que pasaban los meses y no lograba escribir.

Lo único que atiné a pensar es que no sé si fuimos felices, pero creo que lo intentamos.

▪️Infobae

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